El pasado martes, día 11 de Octubre, víspera del Pilar, tuvimos el privilegio de tener con nosotros al cantautor Uruguayo Jorge Drexler, que ofreció una muestra de sus delicadas y melodiosas canciones en el espacio de conciertos de la Plaza San Bruno.

El concierto fue cortito, no duró más de una hora; pese a todo a Drexler le dio tiempo a mostrar una buena selección de sus temas, algunos de los más nuevos, como Bolivia o Bailar en la cueva, pertenecientes a su último álbum, cuyo nombre coincide con la segunda canción mentada, pero también algunos de los clásicos que ya va a cumulando de sus anteriores trabajos, como la divertida: las transeúntes, con sus sabores latinos y rumberos, su letra juguetona de contemplativa ociosidad y pícara mirada, y sus reflexiones melancólicas.

Fue un directo fresco, en el cual Drexler no paró de interactuar con el público casi en ninguna canción. Se le notaba relajado y tranquilo con esa máquina de crear entre sus manos, con la cuál también iba marcando el rumbo, cual capitán con su timón, que el resto de tripulantes seguía sin titubear. Quizás sea esto otro aspecto a destacar del concierto. A pesar de la frescura que se respiraba, en alguna canción, y en especial al comienzo, lo que faltaba era un poquito de empaste y de sonido compacto. La banda parecía seguir a su comandante con soltura, pero no acababa de sonar con toda la fuerza de la que sería capaz.

Pese a todo, la fuerza de las canciones de Drexler está en la composición, y sobre todo en las historietas que va narrando en sus letras, y mientras eso no falte, sus canciones encandilan y hacen que el público fácilmente se arranque a cantarlas. Cuando llega el estribillo la gente se lo sabe, y eso da pie a que haya un juego de preguntas y respuestas que Drexler maneja a la perfección. ¿Podríamos decir que por este hecho se trate de un fenómeno comercial?… Quizás… Quizás su música se pueda encasillar en esta especie de cajón de sastre al que se echan, casi con desdén, aquellos discos que suenan limpios, aseados y con una presencia melódica embriagadora. Pero lo cierto es que su música, pese a que entre fácil y sea susceptible de tarareos pegadizos, no es en absoluto simple, no es un producto de usar y tirar, y tampoco un fastfood para saciarse en caso de emergencia. Su música utiliza armonías elegantes y arreglos sensuales, y aunque parece deslizarse muy suavemente por nuestras trompas de eustaquio, va cargada de riqueza y detalles que dejan poso. Además sus letras, aunque adolezcan en ocasiones de demasiada dulzonería romántica, no están hechas para glotones de telenovela, sino para exquisitos críticos de una gastronomía amorosa que se balancea entre lo dulce y lo amargo con tanto equilibrio como entre lo visceral y lo galante.

Anecdótico fue el comentario de una de las muchachas del público que lo acusó de machista, y cómo supo salir del paso con elegancia, como un torero girando con su capote frente a los cuernos del toro, añadiendo que sobre aquel escenario no había ningún machista, que todos ellos eran feministas y amantes de las mujeres.

Anecdótico fue también que saliera al escenario con escayola y que se marcase unos cuantos bailes junto a otros miembros de la banda. Se le notaba cómodo entre los colchones de sus canciones; sobre ellos hacía lo que quería… improvisaba, hablaba, silbaba o incluso bailaba… Daba igual, porque sabía lo que hacía y sabía que le seguían. En definitiva, un concierto fresco en el que sonaron grandes canciones, pero al que quizás le faltó un poquito de pegada, un poquito de empaque, pero que sin lugar a dudas fue una buena apuesta para pasar una buena noche de Pilares.

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